¡Usted lo descompone, usted lo arregla!
Compartir esto:

Por: Daniel Romero Pernalete

Una advertencia inicial: adverso todo “ismo” que encasilla y separa. No pretendo, entonces, hacer defensa de algún paradigma nutricional ni convencer a nadie. No tengo vocación de predicador. Sólo quiero asentar un testimonio muy personal, por si de algo sirve.

Tengo 68 años y un expediente de salud nada envidiable. A principios de 2003 sufrí un accidente cerebrovascular, afortunadamente sin secuelas. Entonces me diagnosticaron una colesterolemia. Me prescribieron de por vida Atorvastatina en cualquiera de sus patentados trajes, aparte de la Aspirina diaria para reducir las probabilidades de un ataque cardíaco. Cinco años después fui declarado diabético y condenado a consumir Metformina, bajo sus distintas denominaciones comerciales, por el resto de mis días. En 2015 me informaron oficialmente que era hipertenso y que debía ingerir Enalapril, con sus distintos nombres, mientras tuviera aliento.

Vivía entonces en una especie de poligamia farmacológica; matrimoniado con Atosvastatina, Aspirina, Metformina y Enalapril… ¡hasta que la muerte nos separara! Viniendo de una familia donde la diabetes, las cardiopatías y la hipertensión eran comunes, me resultó fácil atribuir mis males a factores genéticos, contra los cuales poco podía hacer, como no fuera reducir los síntomas para sobrellevar esa pesada herencia.

En 2019 una alteración de los valores de mi antígeno prostático específico (PSA) disparó las alarmas. Mi próstata no respondió a antibióticos ni antinflamatorios convencionales. Para aclarar el panorama hubo que recurrir a la biopsia, cuyos resultados me asustaron. Tampoco me sorprendió el diagnóstico, porque cuatro de mis hermanos (tres ya difuntos) habían sufrido la emboscada del cáncer. Antes de obtener los resultados, sin embargo, mi hija Danielle, preocupada tanto como yo por tal diagnóstico, me puso en contacto con un joven y bien informado consultor nutricional, con cuyas orientaciones empecé a comprender muchas cosas.

Entendí que mi cuerpo tenía rato enviándome mensajes que yo no escuchaba. Comprendí que mis males crónicos (aunque pudieran tener una raíz genética) eran producto de mis decisiones alimenticias y de un estilo de vida que les abría las puertas. Y me percaté de la extraordinaria capacidad del cuerpo para autocurarse. Y si de aquellas decisiones venían estos males, de mis próximas decisiones podía depender el mejoramiento de mi salud. Recordé, entonces, el veredicto de mi padre cuando yo, de muchacho, ocasionaba algún daño con mis travesuras: ¡Usted lo descompuso, usted lo arregla!

De la mano del consultor, inicié entonces un programa de nutrición basado en plantas, complementada con algunos imprescindibles suplementos. Retomé con regularidad mis ejercicios diarios y empecé a manejar mejor las situaciones estresantes. Carnes, lácteos y mariscos desaparecieron de mi mesa. Me despedí de refrescos, frituras y productos refinados. Le di un forzado adiós a la rica gastronomía mexicana (¡patrimonio cultural inmaterial de la humanidad!) y en especial a su tentadora dulcería.

Los resultados comenzaron a materializarse enseguida. Fui perdiendo peso sin perder vitalidad: empecé con 82 kilos (demasiados para mi escasa estatura) y hoy (siete meses después) me he estabilizado entre 66 y 67 kilos. Desaparecieron la taquicardia, los sofocos y las periódicas cefaleas. Un mes después de iniciado mi plan de nutrición, entusiasmado por los primeros resultados, me divorcié de Metformina, abandoné a Aspirina, me separé de Atorvastatina y rompí mis relaciones con Enalapril. Hoy, sin ingerir medicamentos en ningún caso, mi glucosa se ha estabilizado alrededor de los 100 mg/dl (a veces un poquito más, a veces menos). Mi colesterol se ha mantenido alrededor de los 150 mg/dl y mis triglicéridos se mueven cerca de los 110 mg/dl. Mi presión no se ha salido del rango 110-70. Y mis pulsaciones, que antes llegaban hasta los 120 por minuto, ahora varían entre 85 y 90.

Lo más importante (porque fue el estímulo directo para introducir modificaciones en mi alimentación, y en general en mi estilo de vida) es que en seis meses mi PSA disminuyó un 8,07%. En principio no me parecía gran cosa, hasta que me tropecé con los resultados de un estudio realizado  en 2005 con hombres que, como yo, padecían cáncer de próstata tempranamente detectado. El estudio fue llevado a cabo por un equipo de investigadores dirigidos por el Dr, Dean Omish (Annuary of Urology, 174, citado por L.Cohen y A. Jefferies en Vida Anticáncer). En los resultados reportan como “asombroso” el hecho de que en los hombres que introdujeron cambios en su estilo de vida (alimentación, ejercicio y control de estrés) el PSA había disminuido 4% en el año que duró el estudio… Así que, en mi caso, había logrado en la mitad del tiempo que mi PSA disminuyera el doble del porcentaje reportado en el estudio… Motivos para estar optimista me sobran.

Cada cáncer (y toda enfermedad crónica en general) es único, como lo es cada individuo, en el cual se combinan de múltiples formas los factores genéticos y ambientales que afectan su salud. Por lo tanto, “recetas” y réplicas no funcionan. Sin embargo, el hecho general y destacable es que el hombre tiene la facultad de liberar la capacidad autocurativa de su organismo para elevar sus niveles de salud y bienestar… y hasta de ponerle cerco a la genética.

Ciudad de México, Enero 2020

Compartir esto:

2 Comentarios

  • Avatar
    Yudith Romero Posted 4 febrero 2020 19:06

    Excelente y educativo artículo, sobre una historia de la vida real con un desenlace milagroso

    • Danielle Romero
      Danielle Romero Posted 19 febrero 2020 09:28

      Gracias mi prima bella. Bendiciones

Agregar comentario

Tu dirección de correo electrónico no ha sido publicada. Se requieren los campos obligatorios.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.